Lo que el tiempo talla en una roca, tallado otra vez en cera y llevado al metal.

EL PUNTO DE PARTIDA

Hay formas que solo aparecen cuando se mira la naturaleza de cerca. La superficie gastada de una piedra, un relieve mínimo, una textura que no se repite en ningún otro lugar.

De esa observación nace la Colección Piedras, joyas en plata 925, bronce y alpaca que buscan llevar al metal algo de la roca. Su fuerza, su peso, su carácter, y esa superficie que cuenta una historia sin necesidad de palabras.

Son volúmenes sólidos con texturas que recuerdan a la piedra al tacto y a la vista. Cada joya empieza como un bloque de cera que tallo a mano, sin dibujo previo, y se funde a la cera perdida. La cera se cubre con yeso, se derrite en el horno y deja su forma vacía dentro del molde, donde se vierte el metal. Por eso cada textura existe una sola vez, porque el modelo de cera se pierde en la fundición.

Después vienen las terminaciones, que son la parte más larga del trabajo. Algunas joyas llevan zonas oscurecidas con óxido, que le dan profundidad al relieve, y otras combinan satinado y brillo espejo. Hoy la colección reúne anillos y colgantes.

La técnica también tiene su historia. La pieza más antigua que se conoce hecha a la cera perdida es un pequeño amuleto de cobre de unos 6.000 años, hallado en lo que hoy es Pakistán. Me gusta que una colección inspirada en el tiempo que tarda una roca en formarse se haga con una de las técnicas más antiguas de la humanidad. En los dos casos el resultado es lento. Ni la piedra ni el oficio se apuran.

LA HUELLA DE LA ROCA

En el taller de mi Maestro de pintura, Juan Campodónico, aprendí una idea que viene de la pintura de paisaje china. El pintor busca la huella que la montaña deja en su interior, más que reproducirla tal como es. El cuadro termina siendo la resonancia de lo que ese lugar le provocó.

En China a esa resonancia la llaman qiyun, el aliento vital de una obra. Hace unos 1.500 años, el pintor y crítico Xie He la puso primera en su lista de seis principios de la pintura, y decía que si una obra no la tenía, no hacía falta seguir mirándola.

Con esta colección trato de hacer lo mismo con la piedra. Antes de tallar, la miro con calma, su fuerza, su solidez, lo que perdura, todo lo que el tiempo le fue dejando. Después trato de llevar a la cera esa huella, más que una copia de lo que vi. A veces lo logro y a veces no, pero esa es la búsqueda. Lo que sale de ahí son pequeñas esculturas para llevar puestas.

Un gesto muy antiguo

Elegir una piedra por su forma y su textura, y llevarla con nosotros, es un gesto que empezó mucho antes de que aprendiéramos a trabajar el metal.

Hace unos 400.000 años, en lo que hoy es Inglaterra, alguien talló una herramienta de piedra y dejó a la vista, en una de sus caras, un erizo de mar fosilizado. El fósil no le servía para cortar, y todo indica que lo dejó ahí porque le gustaba.

Hace unos 5.300 años, un hombre que cruzaba los Alpes quedó conservado en el hielo hasta hoy. Entre sus cosas llevaba un pequeño disco de piedra perforado, colgado de una tira de cuero. Nadie sabe para qué lo usaba, pero sí sabemos que lo llevó con él en su último viaje.

Hace unos 4.000 años, en Dunstable, Inglaterra, una mujer y un niño fueron enterrados dentro de un círculo de erizos de mar fosilizados. Siglos después, la gente del campo todavía llamaba a esos fósiles “piedras del trueno” y los guardaba en sus casas.

Y hace unos 900 años, el poeta y pintor chino Mi Fu llegó a su nuevo destino como magistrado, vio una roca imponente en el jardín, se puso su túnica oficial y le hizo una reverencia. La llamó “Hermano Mayor”. Siglos más tarde, hace unos 400 años, esas piedras que los letrados chinos contemplaban en sus escritorios también se reproducían en bronce. Me gustó saber que alguien ya había hecho ese camino de la roca al metal, mucho antes que yo.

Esta colección sigue ese gesto con las herramientas de hoy, la textura de la roca tallada en cera y llevada al metal, para tenerla cerca todos los días.

UN CAMINO PERSONAL

La montaña me acompaña desde hace mucho. Durante quince años viajé por la Patagonia con la mochila, y de cada lugar especial, de cada cumbre a la que llegaba, me traía una pequeña piedra. Era una marca del esfuerzo y de haber llegado. Son, literalmente, pedazos de mi historia.

En esos viajes llevaba siempre un cuaderno, lápices y una goma. A veces dibujaba una textura, otras solo me sentaba frente a un paisaje y trataba de pasar al papel la huella que me dejaba. En algunos viajes también cargaba una cámara de fotos, pesada y frágil para andar por la montaña, para que esos paisajes y esas texturas no se me borraran con el tiempo.

Otra forma de dialogar con ellas

Ya de vuelta en casa, esas piedras fueron modelos de mis cuadros al óleo. Las pintaba tratando de capturar su forma, su peso y esa textura que solo da el tiempo.

Años después, el metal me dio otra forma de dialogar con ellas. Empecé a tallar la cera buscando esa sensación de roca gastada, ese relieve que no se repite. Así nació la Colección Piedras.

PENSADA PARA VOS

Pensé estas joyas para mujeres que disfrutan del diseño y de las piezas con identidad, que quieren verse elegantes sin recargarse y que prefieren un detalle con carácter antes que lo que se ve en todos lados.

Son joyas sólidas y con presencia, pero cómodas, para llevar todos los días o para un momento especial. Y para recordar, cada vez que te mirás las manos, que lo que elegís llevar puesto también dice algo de vos.