Rara avis in terris — un ave rara en la tierra. Así escribió el poeta romano Juvenal hace dos mil años, hablando de algo tan improbable que casi no debería existir. El nombre no fue una elección de marketing. Fue un reconocimiento.

Nací en Buenos Aires en 1964. De chico dibujaba naves espaciales y monstruos en los márgenes de los cuadernos del colegio. En los años ochenta, mientras estudiaba Ciencias Veterinarias, llenaba las libretas de apuntes con dibujos que no tenían nada que ver con esa ciencia. Figuras que emergían de la materia, paisajes con textura de piedra, mundos donde lo orgánico y lo geológico se confundían. Fascinado con esas imágenes que salían de mí, sin que yo entendiera muy bien de dónde.

Me pagaba mis propios talleres de pintura surrealista. Me formé con mi maestro, Juan Campodónico. Con él no solo aprendí a pintar e historia del arte; estudié semiótica, simbología, los manifiestos surrealistas, su poesía. Descubrí el Zen, el Tao y su aplicación en el arte.

Pero sobre todo, aprendí de los surrealistas lo más valioso que sé: a soltar el control, a confiar en la intuición y en lo profundo, en lo que sale de nuestro interior cuando dejamos de lado la razón.

Después vinieron treinta años de diseño gráfico y dirección de arte. Agencias, cuentas grandes, mucha computadora. Un trabajo de precisión que enseñó a ver y pensar antes de hacer. Método y cuidado del detalle.

En algún momento eso no alcanzó. Extrañaba el taller, ensuciarme las manos. Necesitaba tocar la materia. Ese bicho raro que dibujaba monstruos en los márgenes me pedía volver. Me di cuenta de que, si no hacía algo con todo eso que sentía, una parte mía se iba a quedar siempre a medias.

Y un día decidí dejarlo todo para recuperar el hacer con mis manos. Así descubrí la joyería.

A los sesenta años, cuando muchos buscan la calma, yo busqué el taller y el aprendizaje de algo nuevo. El cambio empezó en serio: cuatro días por semana, dos escuelas simultáneas, aprender a trabajar el metal, cera perdida, engarce, fuego.

No fue un cambio de oficio. Fue un regreso. Las piedras que aparecían en las pinturas surrealistas de los ochenta, como elementos simbólicos, volvieron a aparecer — esta vez talladas en plata 925, a mano.

Pasé de la compu y el papel al metal, al fuego, a la soldadura. Y en ese camino fue naciendo Rara Avis. Una forma de seguir siendo ese bicho raro que imagina mundos, pero ahora convertidos en joyas.

Mientras desarrollaba mi marca, vi una foto que me voló la cabeza: vaqueros que cazaron un pterodáctilo. Una anomalía. Entendí que mi pasión era eso: una rara avis. Algo que no debería estar ahí, pero que es imposible dejar de mirar.

Rara Avis nació para darle lugar a esa diferencia. No fue un camino recto.

Hay algo que vale la pena saber sobre el logo: el ave que ves es un pterodáctilo. En griego, pteron significa ala y daktylos significa dedo. Es, literalmente, el ala-dedo. No existe mejor símbolo para un joyero que trabaja con sus manos para dar vuelo al metal.

Si alguna vez te sentiste fuera de lugar donde todos se sienten cómodos, bienvenido a casa.

 

Soy Gustavo Zánzero, las manos detrás de este proyecto. Gracias por acompañarme en este camino.